Y parece que fue ayer cuando don Baldomero explicaba a los niños −y niñas− de la clase de tercero be el porqué de aquel extraño «simbolito» que algunas vocales llevaban por sombrero. Aquel viejo profesor, cuyo pelo no había sido capaz de aguantar el paso de los años, defendió a capa y espada la absoluta necesidad del acento ortográfico (él lo llamó tilde, pero prefiero usar el término acento ortográfico para evitar así que se pueda confundir con la virgulilla, esa gloriosa corona que engalana a la reina de las letras españolas). Con él, decía, evitaríamos afrentas irreparables a nuestra querida lengua, además de algún que otro malentendido.

Para un muchacho educado en un idioma −el inglés− en el que no existen tales signos, todas aquellas palabras, aunque hermosas y apasionadas, no dejaban de carecer, en cierto modo, de sentido. Lo de evitar afrentas podía llegar a entenderlo, ya que el acento ortográfico es una parte esencial de las normas de ortografía del castellano. Lo de evitar malentendidos, no lo veía tan claro. No lo veía tan claro y sigo sin verlo tan claro. ¿Realmente existe la posibilidad de que alguien piense que me estoy bebiendo un pronombre personal de segunda persona del singular si en algún momento de mi vida, y debido a una de esas fatídicas vicisitudes del destino, me olvido de ponerle su correspondiente acento a la palabra ? ¿Se pueden verdaderamente confundir dentro de un contexto determinado las palabras cálculo, calculo y calculó?

La respuesta a ambas preguntas es un rotundo no, lo que nos lleva al siguiente interrogante: ¿a nadie se le ha ocurrido que quizá ya no sea necesario el acento ortográfico en español? No sabemos a ciencia cierta si es que a nadie se le ha pasado por la cabeza tal planteamiento −tenemos ya una tímida muestra que parece indicar lo contrario en la eliminación de algunos acentos diacríticos− o es que nadie está dispuesto a coger el toro por los cuernos y darle, de una vez por todas, un giro en pro de la lógica a la lengua de Cervantes. Tendremos, pues, que esperar la llegada de un nuevo Belerofonte de las letras que, de una vez por todas, consiga domar nuestro idioma y convierta al español en una lengua, como dicen los angloparlantes, user-friendly.

Y esperemos que nuestro campeón no se detenga aquí y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, le dé también lo suyo a ese reducto impronunciable de la grafía f, herencia de nuestro glorioso pasado latino. Y puestos a pedir, pidamos a nuestro «salvador» que ponga orden en las contiendas generadas por esos fonemas que disfrutan, por algún extraño capricho de los dioses, de distintas grafías que los representan.

En fin. Mientras esperamos la llegada de nuestro héroe en su montura alada, sigamos soñando, «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

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